Parar un segundo


La sociedad de hoy en día nos empuja continuamente a que no paremos de producir, consumir, trabajar, de estar conectados a todas horas... Es como una gran máquina de la que somos parte y no somos capaces de ni siquiera darnos cuenta de ello.



Quizás lo que debemos hacer es romper la máquina. Dejar de hacer todo lo que quieren los que "dirigen el mundo" y que conforman la sociedad capitalista y consumista.

Hay veces que lo hacemos, que desconectamos, pero nos sentimos mal al hacerlo. Muchas veces decimos: "hoy no voy a hacer nada" pero aun así chateamos por el móvil, vemos la televisión, navegamos por internet... Nos sentimos amos y señores de nuestras vidas cuando realmente no tenemos ni la más mínima posibilidad de elección a nuestro alcance. Y cuando creemos que elegimos nosotros, solo es una apariencia que nos hace pensar así.

Estamos completamente vendidos a un sistema, del que no sabemos nada, el cual sabe todo sobre nosotros. En una situación así lo único que nos queda es la reflexión.

Tenemos que abstraernos y ver hacia dónde nos dirigimos desde fuera de nosotros mismos. En la vida cotidiana del día día, basada en rutinas, no nos cuestionamos nada, simplemente "funcionamos". Nos debemos preguntar: "¿Por qué hago lo que hago?" "¿Cuáles son mis objetivos?". La mayoría de nosotros respondería a estas preguntas refiriéndose a sus objetivos académicos; a las famosas notas de corte. Siempre pensamos que lo que hacemos es para tener un mejor mañana y no nos planteamos el hoy. Pasamos la vida pensando en que hacer para vivir mejor en el futuro cuando, es tan simple, como disfrutar del presente.

Pero no nos podemos engañar, la sociedad no tiene la culpa de esto. Es un simple medio utilizado por las grandes empresas para que su poder perdure a causa nuestra. Nosotros también tenemos culpa de ser tan ingenuos y dejarnos utilizar, pero lo podemos cambiar. Si las personas que las dirigen, nos tapan los ojos ante esto, tal vez deberíamos parar la máquina, aunque solo fuese por un segundo.

Gracias a mi profesor de filosofía Francisco Padilla por la inspiración que me ha ayudado a escribir este artículo.


Javier G.

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