LA CLAVE



Saludos, mis queridos, jóvenes e ingenuos investigadores. Puedo llamarles así, ¿verdad? Creo que de este modo será más divertido. En primer lugar, quisiera pedir disculpas por dirigirme a ustedes a través de este medio tan tosco como es la escritura, llamémosla cibernética, especialmente considerando la elegancia de la tinta y de la pluma, por no hablar del olor del papel envejecido. Por otro lado, ahora que lo pienso, dada la temática que nos ocupa, quizá no sea del todo descabellado, no sé si me explico. Supongo que da igual. En cualquier caso, debo confesarles que me hubiera fascinado escribir una carta a cada uno de ustedes, e incluso depositarla en el servicio de mensajería, y que fuera enviada mediante el método más tradicional de cuantos fuera posible, pero, obviamente, esto dotaba a mi labor de, digamos, su guía existencial, de unos aprietos que desgraciadamente no me he visto en condiciones de asumir. Sin más preámbulos, y pidiendo solemnemente una calurosa (también fría) disculpa por esta divagación carente de sentido, creo que deberíamos acotar la cuestión que nos atañe sin más dilación. Ustedes están aquí para jugar (o investigar) y yo estoy aquí, válgame El Altísimo, para que ustedes jueguen (investiguen). “Proceda, proceda” estarán pensando, allá vamos pues. Pero antes debo advertirles que, si bien la recompensa de la victoria es grande, las exigencias que se requieren son aún mayores: astucia, valentía, sabiduría, camaradería, pasión, y paciencia, sobre todo paciencia. Pero no quiero aburrirles con mi discurso de anciano medio enloquecido, así que, allá vamos. ¿Qué no entienden nada de lo que está pasando? ¿Nada de lo que estoy hablando? Oh, no se preocupen, es evidente que contaba con ello. Pero les aseguro que a ustedes les interesa jugar, necesitan jugar, es una cuestión, consideremos, de supervivencia… Aún no lo comprenden, pero créanme que lo harán. Soy consciente de que no me he presentado, y les pido disculpas de antemano. Pueden llamarme Señor R. B. Por ahora será suficiente, me temo. Oh, ustedes dense por presentados, pues a decir verdad yo sí que les conozco muy bien.
Bien, entremos en materia. La cuestión es que siempre me he preguntado qué hubiera pasado si el señor Frankenstein hubiera conocido a Baudelaire, y queriendo causarle una buena impresión hubiera decidido hacerle un regalo. Supongo que un hermoso ser vivo hubiera sido una buena opción, ¿no creen ustedes lo mismo? “Ah, ¿solo?” Pensarán ustedes, por supuesto que no, todo ser vivo que se precie, debe ser acompañado de un elegante papel y una verticalidad de palabras de tema romántico. Conocen ustedes los temas del Romanticismo, ¿cierto? Entonces estoy seguro que saben que un romántico de la época no es exactamente lo que se dice un romántico de nuestros tiempos modernos. ¿Les ha parecido curioso lo de Frankenstein?, bueno, todo es cuestión de tiempo, ya lo entenderán. Me temo que casi nada en la vida suele ser abandonado en las zarpas del azar, así que procuren no olvidar dicho nombre. Y, por supuesto, quizá sea arriesgado tildar al francés de romántico en lugar de simbolista, pero se trata de una pequeña licencia poética que me puedo permitir, ¿no creen? Después de todo, este es mi juego. En definitiva, mis queridos investigadores, debo confesarles que mientras ustedes terminan de degustar estas palabras el juego ya está en marcha, dense prisa pues ya les he dicho qué deben hacer. ¿No ha quedado claro? Su primera prueba consistirá en encontrar a Baudelaire y entregarle un ser vivo adecuado, además de lo otro que había comentado. No será demasiado complicado encontrar a Baudelaire nunca suele separarse de su libro. A cambio de tan hermosos dones recibidos él les retornará algo de vuelta: un nombre, más aún, una clave, un secreto. Yo les espero pacientemente en este periódico del alma mía a que ustedes me escriban y me confiesen no su nombre, atención, atención, si no el apodo con el que era conocido este mismo. Espero con impaciencia sus respuestas, las cuales tardaré el menor tiempo posible en contestar.

Con gran afecto,
Sr. R. B.

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